Alcanzar la Navidad con hambre no está al alcance de cualquiera. Las fiestas por antonomasia, han extendido su radio de influencia hasta el principio de noviembre, convirtiendo lo que antes era una carrera de medio fondo -diciembre- en una media maratón a la que los estómagos con fondo sobrevivimos con dificultad.Enfilando ya la recta final, levantemos nuestros codos para recoger las viandas con elegancia, como Carl Lewis levantaba sus rodillas después de la última curva. Nos quedan tres hitos, tres, el primero de ellos quizá el más cercano a la gastronomía: la Nochebuena. Siempre me ha sorprendido esa expresión tan castellana con la que la gente se desea una feliz cuchipanda: "que tengáis buena noche", el caso es que en la tradición que conozco -lejos de la catalana, por ejemplo donde no se celebra la cena, sino la comida-, la cena de Nochebuena era un querer y no poder. Querer acceder al percebe, las cigalas, los langostinos y el besugo y quedarse, en el hogar medio, en langostinos descongelados, ensaladas de surimi -esa "cosa"-, gulas del Norte con mucha guindilla y seguramente cordero, cochinillo, cabrito o quizá algún pavo.
Como hasta yo, a pesar de mi innegable porte juvenil, me he hecho mayor, intento cambiar ciertas actitudes erróneas (gastronómicamente hablando) que detecto en mi casa. Y así, este año, sin mostrar la más mínima compasión, voy a demostrarle a mi madre el porqué de estos kilitos de más (menos que dedos tengo en el cuerpo contando los de las manos y los de los pies) que he cogido estos últimos años.
La mejor habitación de la casa el día de Nochebuena es la cocina, y si la cocina no tiene televisión es casi un paraíso. Me pienso pertrechar allí mismo, derramando felicidad cual Papá Noel con delantal entre mi familia, un dry martini por aquí, un poquito de este guiso por allá, un "abramos un champán y fíjate qué burbuja más fina" y un "si quieres coge un poquito de jamón pero no se lo digas a tu madre".
Aprovechando lo que he aprendido durante este año de vosotros, voy a montar una mesa que va a brillar como el lucero de la noche. Con un excepcional jamón de pata negra de tres años de curación de la variedad lampiño que sabe a la dulce bellota, una bullabesa de entrada, en la que la galera va a aportar su modesto toque de distinción y que vendrá adornada con unos tropezones de carne de centollo y un poquito de erizo de mar, un buen foie Martiko y el paté de lechazo churro de Selectos de Castilla.
Seguiremos con unos buenos berberechos abiertos al vapor, quizá con un toquecito de esa maravillosa salsa de puerro con la que la obsequia Sacha de tanto en tanto, unas ostras que abriremos con cuidado y completaremos con unos trocitos muy finos de manzana reineta y unas gotitas de champán, si nos sobran unos cuartos un poco de lomo, salchichón y chorizo de Joselito y como es época de caza un poco de perdiz de La Ponderosa (no es excelsa, pero no está mal) si no habéis hecho el ejercicio de escabechar una vosotros en fechas anteriores; la serviré abierta en láminas y flanqueada por unos pimientos asados en el horno y unas verdes que al menos color, le darán a la mesa.
Como no me veo con fuerzas como para cambiar la tradición familiar en lo referente al segundo plato, concentraré todas mis energías en intentar diversificar la oferta enológica. Un palo cortado de Tradición de aperitivo (Vila Viniteca), un Pierre Gimonnet 1er Cuis Cru Brut con los aperitivos, el Fefiñanes o el Leirana del 2006, el Mauro VS del 2003 y el estupendo Finca Sandoval del 2005 o el Ercavio del 2004 si hubiera menos presupuesto van a estar en la mesa para intentar demostrar que en España también se hacen unos vinos de primera y en Francia unos champanes que quitan el hipo.
Algún postre refrescante –desestimemos el sorbete-, quizá una selección de los buenos helados de Giangrossi acompañados de algún moscatel o PX y la felicidad será completa cuando acabemos la noche con un gin tonic de Citadelle que suavizará el brutal choque con el programa anual de los Morancos. Si hasta puede que me ría.
Y por encima de todo, disfrutar de la familia, que ya lo decían los payasos de la tele: “no hay nada más lindo que la familia unida”. Esperemos que a nosotros no se nos olvide; Feliz Navidad.









