19/8/15
Castellanos por Silgar
28/7/15
Prólogo a las vacaciones (III): De Monte Esquinza a Marqués de Riscal
No sé si hay un Madrid un salto más abrupto que la calle Génova. En Monte Esquinza apenas pasea gente por la calle. Abundan, eso sí, los porteros y las limpiadoras de casas “tipo palacete”, almendras de edificios asombrosamente uniformes para la costumbre de Madrid. En el paseo veo pocos bares baratos, una sensación desasosegante; quizá las casas sean tan hermosas que la gente desestime la posibilidad de echar ratos fuera de ellas.
Avisto el toldo manchado, raído de Jockey, como si fuera la bandera de un barco abordado y rendido por piratas. Fue un comedor lleno de testosterona, de hombres que podían. Siempre sospeché que en los reservados los banqueros investían a los ministros, mientras, fumando un puro enorme, ahorcaban un seis doble. Desde la puerta se oyen ruidos de fantasmas estampando con estrépito la ficha contra la mesa y chasquidos de dedos, de sonidos guturales exigiendo champán con urgencia.
Pero ya no hay camareros ni armañac, quizá no haya ni ministros. Cerca está el Hotel Santo Mauro, un poco antes, el Orfila -o al revés, me cuesta distinguirlos-, donde señoras venezolanas toman medio gin-tonic de aperitivo. En sus jardines todo sucede dulcemente y a media voz, entre árboles y fuentes, envuelto en una cortina ligera que le quita importancia al mundo, o al menos lo esconde durante un rato. El feng-shui de la belleza, de la ginebra y del sonido del agua; la suave anestesia que puede comprar el dinero.
Llegamos al comedor Hortensio de la calle Marqués de Riscal. En las mesas exteriores la luz se desparrama por encima de los manteles blancos, apenas refractada por el fino cristal de las copas. Por contraposición a Jockey, Hortensio es un restaurante femenino. Parece la extensión lógica del Santo Mauro, como lo es Embassy para la merienda. Los platos son delicadamente deliciosos y el servicio atento. Jazz sosegado de ambiente y salsas que están tan bien cocinadas que no hay una sola estridencia o exceso de sabor o textura.
La realidad es brutal: dejamos atrás el chocolate crujiente, los susurros con acento melódico, la penumbra y el aire fresco para convertirnos en un grano de arena bajo el enorme solárium seco y ruidoso que es La Castellana este verano.
8/7/15
Prólogo a las vacaciones (II): De Libertad a Monte Esquinza
4/7/15
Prólogo a las vacaciones (I): Ferrajulio
Unas semanas más tarde Madrid empieza a arder. El tráfico se desliza por una asíntota hasta llegar al nivel basal que marcan los que no tiene opción, y los minutos sudan, les cuesta llegar a la sesentena. El ferrajulio presiona como una prensa de hierro fundido que baja suave y despacio, machacando sin pararse a mirar qué hay debajo.
Me defiendo ofreciendo la liturgia completa de quien se va a ir con pocas ganas de volver.
21/4/15
La novena canción
En las catas de vinos, en los años 90, cada copa era una explosión. Cada tinto español una sacudida de sabor, taninos, alcohol y concentración que, como napalm, arrasaba las gargantas. A cada trago al bebedor no le quedaba otra que desviar su atención de cualquier conversación a la copa, que pasaba a ser el centro del mundo.
Lo mismo, por cierto, que sucedía y por desgracia sigue sucediendo en unos cuantos menús de degustación que no pueden estar simplemente ricos, sino que tienen que provocar un ohdiosmío, una foto y un mensaje las redes sociales. O de periodistas que o son Umbral y Camba cada mañana o no son. Si supiera traducir attention whoring diría que algo de eso hay.
Se están cebado los egos desde la cultura de la exageración. Hay demasiados “descomunal/maravilloso/increíble/imprescindible”. Y cuantos más arabescos en la finta, más elogios que traen todavía más metáforas ocurrentes. Pero apenas hay genios, sólo unos pocos pasaran a la posteridad. Además se cumple con frecuencia machacona aquello de que lo mejor es enemigo de lo bueno. Aunque asumirlo suponga matar algún que otro sueño –mariposillas adolescentes- y reconocer que no vas a cambiar la historia.
No recordaré la mayoría de las cosas que beba, coma, lea o escuche. No necesito que sean inolvidables, el mejor trago de mi vida, me basta con sentir placer mientras lo hago, y me será más sencillo si no hay pretensiones que sólo son caspa en el traje. Leonard Cohen publicó el año pasado el crepuscular “Popular problems”. Es un disco menor, sin ambiciones, donde anda escondida al final la deliciosa “You got me singing”. Singing the Halleloujah song.
30/11/12
Ruiz
En el único aspecto en el que podía tomarse en serio a la ciudad era en las pastelerías. Los hojaldres o las bambas eran campo de debate entre el público local. Entiéndanme, no es que se usara la mantequilla más exclusiva, allí bastaba con que la clara se montara a mano y el pastel no se congelara. Me dirán ustedes que es poco y yo les diré que sí, pero que miren alrededor suyo, en su barrio hoy y ahora.
Entre todas las pastelerías lucía como el sol Ruiz, en la calle principal, conocida como Carretería. Precisamente un amigo de mi padre, del pueblo, estaba allí de camarero. Y, por eso, porque ponían unas tapas estupendas sin pagar -no se conoce un sólo conquense que haya pagado por una tapa-, una de las dos cañas que caían cada noche de fin de semana -ni una más, ni una menos-, solíamos tomarla allí. Los pasteles eran sensacionales y siguen siendo casi sensacionales, incluso después de 35 años. Allí comí por primera vez un sandwich mixto. Fue una noche de celebración y frío amortiguado por un verdugo incómodo. Me suena que algún análisis que dio negativo, como aquella pelota de Match Point que cayó del lado feliz.
A mí Ruiz siempre me recordó a la tienda de El bazar de las sorpresas -"The shop around the corner", la película de Lubitsch. Siempre supuse que debía trabajar en la tienda una Klara Novak pretendida por algún Alfred Kralik, despistado y vestido con un abrigo de paño verde botella, de esos que vendían en Heras un poco más arriba. Si alguna vez hubo gente tan despreocupada, feliz, inocente y falta de ambición como la que rodó Lubitsch debía vivir en Cuenca.
Por desgracia no nos nació nadie como Ernesto.
13/6/12
Sábado noche
Tardes áridas de febrero, de viento y rugby Cinco Naciones, de rastrojos arrastrándose por las eras. A uno cuando lleva años viviendo en una ciudad, le sorprende al recordar que sucedía así, sábado sí, sábado también, a eso las cuatro de la tarde. Nada, nadie, se movía en kilómetros a la redonda, allá donde mi vista llegaba en una Castilla tan ancha como aburrida y pobre. Las Pedroñeras, en el horizonte, no parecía un pueblo mucho más interesante.
Al pueblo lo despertaban de la siesta las campanas de la misa de las ocho. Noche ya bien entrada, la gente subía a la iglesia por aquello de hacer algo y, de paso, quitarse la obligacion del domingo, siempre mas perezoso. A mí me gustaban aquellas tardes, estaban llenas de la única actividad social de la que podía presumir el pueblo. Cumplidos de penitencia, bajábamos al bar, era el mejor momento de la semana. Yo clasificaba los bares en sitios de domingo o de sábado noche, convenía distinguir porque el aperitivo dependía del día y de la hora. Para el primer caso tocaba el hogar de los jubilados, bordaban unas mollejas de pollo con ajo y guindilla que son patrimono de mi humanidad. El sábado noche, el ambiente, esas treinta familias que podían gastarse ochenta duros en salir, tenían que elegir entre el Casino -donde se reunía mucha parte de la élite franquista- y un local a las afueras del pueblo. En éste el apertivo consistía en unas bocas frías.
Nunca he alcanzado a saber qué son las bocas. Me da miedo preguntarlo. Seguro que algo vulgar. Tanto como para que Adriá las considere tan respetables como las angulas, con esa condescendencia del que piensa que en realidad son una mierda. Y no quiero saberlo. Sólo sé que a mi padre le gustaban mucho, que nos hacían felices, que eran la razón por la que esperaba con alegría esa noche -que no siempre llegaba- sabiendo que habría que soportar una ceremonia larga y tediosa, un paseo frío al aire de eras que sólo traían silencio.
Me pregunto si seguirá siendo así. Si volverá a ser así.
