28/7/15

Prólogo a las vacaciones (III): De Monte Esquinza a Marqués de Riscal

No sé si hay un Madrid un salto más abrupto que la calle Génova. En Monte Esquinza apenas pasea gente por la calle. Abundan, eso sí, los porteros y las limpiadoras de casas “tipo palacete”, almendras de edificios asombrosamente uniformes para la costumbre de Madrid. En el paseo veo pocos bares baratos, una sensación desasosegante; quizá las casas sean tan hermosas que la gente desestime la posibilidad de echar ratos fuera de ellas.

Avisto el toldo manchado, raído de Jockey, como si fuera la bandera de un barco abordado y rendido por piratas. Fue un comedor lleno de testosterona, de hombres que podían. Siempre sospeché que en los reservados los banqueros investían a los ministros, mientras, fumando un puro enorme, ahorcaban un seis doble. Desde la puerta se oyen ruidos de fantasmas estampando con estrépito la ficha contra la mesa y chasquidos de dedos, de sonidos guturales exigiendo champán con urgencia.

Pero ya no hay camareros ni armañac, quizá no haya ni ministros. Cerca está el Hotel Santo Mauro, un poco antes, el Orfila -o al revés, me cuesta distinguirlos-, donde señoras venezolanas toman medio gin-tonic de aperitivo. En sus jardines todo sucede dulcemente y a media voz, entre árboles y fuentes, envuelto en una cortina ligera que le quita importancia al mundo, o al menos lo esconde durante un rato. El feng-shui de la belleza, de la ginebra y del sonido del agua; la suave anestesia que puede comprar el dinero.

Llegamos al comedor Hortensio de la calle Marqués de Riscal. En las mesas exteriores la luz se desparrama por encima de los manteles blancos, apenas refractada por el fino cristal de las copas. Por contraposición a Jockey, Hortensio es un restaurante femenino. Parece la extensión lógica del Santo Mauro, como lo es Embassy para la merienda. Los platos son delicadamente deliciosos y el servicio atento. Jazz sosegado de ambiente y salsas que están tan bien cocinadas que no hay una sola estridencia o exceso de sabor o textura. 

La realidad es brutal: dejamos atrás el chocolate crujiente, los susurros con acento melódico, la penumbra y el aire fresco para convertirnos en un grano de arena bajo el enorme solárium seco y ruidoso que es La Castellana este verano.