11/9/14

Camino a la Complutense


Las escuelas de la Politécnica eran unas intrusas en la Complutense. Escondida al final del Paraninfo estaba la mía. La recuerdo como tardes de invierno en un Corsa blanco abollado, atravesando la Avenida de la Ilustración, mañanas de sábado de nervios y vómitos en febrero. Clases eternamente aburridas o tardes de mus y remordimiento –a elegir. Fines de semana de sobriedad y noches de flexo con música a hurtadillas.

Lo más parecido a una experiencia gastronómica que me viene a la cabeza eran las raciones de La Llama y los futbolines con cerveza en Lecumberri. Un premio exiguo después de unas horas en una zulo oscuro intentando sobrevivir a exámenes salvajes, en el filo de mi límite, que entonces me parecía infinito y que ahora conozco perfectamente. O los preñaos de la Princesita o la hamburguesa de Don Oso o las macetas de Dios sabe qué alcohol en El macetero.

El Jardín Botánico siempre parecía estar a punto de acabarse. Cuando dejé la universidad seguía ahí, a medias, un boceto de parque que podría ser hermoso algún día. Me quedé con ganas de conocerlo terminado y, mira por dónde, a partir de octubre lo usarán algún que otro fin de semana para montar una feria con camiones de comida. El camino que lleva desde la parada de Ciudad Universitaria va a parecer una romería sin virgen.

Supongo que me pasaré a verlo, no será un Corsa, pero seguirá sonando Peter Gabriel, y me acompañarán un pasado ganado que entonces era sólo incertidumbre, unas cuantas -bastantes- renuncias, veinte años y veinte kilos más; todos los zizagueos y recovecos que esculpen un carácter, ariscándolo y empantanándolo de escepticismo, por suerte desnudándolo de hipocresía, espero que pronto de envidia u odio. Pero también una mujer hermosa y paciente y un niño pequeño que de guapo parece un dibujo de Rafael y que no va a dejar de aullar de alegría entre tanto camión y tanta rueda enorme; mis compañeros en la vuelta. Quiero ir, sobre todo, a disfrutar de la luz del otoño. La recuerdo particularmente bonita allí, en la puerta de teleco, imagino que en octubre los parciales me parecían sólo una posibilidad.

Apuesto a que sentiré el pinchazo en el estómago al doblar el Paraninfo, la misma desazón sin porqué aparente que siente Gabriel cuando ve una bata blanca. Ahora sé, demasiado bien, que se calma con un par de cervezas.